Eleisegui

lunes, noviembre 02, 2009

Faith No More en Argentina - 1º de noviembre de 2009

Hermoso. Es raro perder la cabeza en un recital de rock, y que cuando alguien te pregunta cómo estuvo uno sólo pueda decir “hermoso”. Hermoso. Belleza. Pero nada es más exacto para definir qué es lo que transmitió Faith No More en su última presentación en Buenos Aires.

Y digo última porque nadie sabe qué va a pasar cuando concluya la gira que volvió a reunirlos tras una década de separación. “Espero verlos en menos de 10 años”, carraspeó en un valiente castellano el genial Mike Patton al final del show porteño.

Patton. Patton. ¿Cómo explicar el talento de un genio que, sin que se le desarme la garganta, puede pasar del bolero más romántico al alarido más bestial en una misma canción? Imposible. Ni siquiera para los que ya lo conocemos de proyectos como Mr. Bungle, Tomahawk y Fantomas.

En pleno recital le comenté a un amigo: “Es el Gary Oldman de ‘El Perfecto Asesino’”. Sí: Patton es un psicópata de la voz. Un hombre habitado por mil y un demonios que soplan a través de su garganta las melodías menos esperadas.

La mejor balada. El grito más potente del hard rock. El rugido del thrash metal. Todo convive en un cantante que se mueve dentro de la melodía cambiando tonos y desfigurando afinaciones, pero que jamás rompe la base fundamental de la música: la canción.

Con eso logra el más temible de los propósitos: conmover. Atrapa la atención del espectador y la mueve y revoluciona a su antojo. Le agrega copiosas pizcas de humor. Canta en español el mayor hit de la banda (algo por lo que muchos lo odiarían pero que todos perdonan). Se enfurece y arroja el pie del micrófono en un ataque que bien podría derivar en la destrucción total del escenario.

Pero al minuto frena. Sonríe y ya es un cantante de los 60 silbando una canción de tabernas. Hace una seña y vuelven a él los animales: es un gorila rugiendo. Un insecto masticando la carne que todavía rodea los bordes de un cráneo. Un hombre solo. El mejor cantante.

Eso es sólo una parte de lo que es Mike Patton. De lo que alimenta y hace eterno a Faith No More. Yo los vi. Yo lo vi. Y hoy, a sólo un día de todo eso, todavía no puedo quitarme de la cabeza la imagen de esa garganta, ese cuerpo espástico, esa mano con un bastón, ese traje y su flor en el ojal, mirando a la gente como quien sabe que el encantamiento a dado resultado.

Otra vez.

Y se decide a dar el golpe final. Que es grito. Es voz que acaricia. Es la locura del talento. Es hipnosis a distancia. Ayer pude verlo. Fue hermoso. Y hoy, presa todavía de la conmoción, juro que sólo puedo escribir apenas esto. Apenas esto.

Comparto con ustedes dos videos de lo que fue Faith No More en Buenos Aires, Argentina. 1º de noviembre de 2009.

El tema que abrió una noche imborrable: el cover “Reunited”:

La segunda canción: “No more from out of nowhere”:

domingo, septiembre 13, 2009

Bolita

La pesadez hecha bolita entre los dedos. Y golpear un útero cuadrado cuando el disco deja de murmurar la canción esperada. Repiqueteo de nalgas al aire. Agua con gas en la garganta para custodiar esa escalera por la que sólo suben los que ya no van a ninguna parte. Abrazar las palabras que nunca escribimos nos hace menos despreciables ¿no es cierto? Magnánimos con un fuerte olor a orina de anciano muerto de hambre. Ingratos con el tiempo: de cruzar los meses se trata -apenas- esta amarga aventura de piratas con dos piernas y galeones que nunca se hunden... De escribir ciento uno menos cien anhelos con la mano y borrarlos con las escamas del codo: hasta caer de la planta. Madurar hasta volverme un individuo. Se pudre la madera y muere asado el último duende de las sonrisas desdentadas...

Agujero en las muelas. ¡Hola, niño-porquería! ¿Por qué no me advertiste de mí? ¿Y ahora qué hago con este metro ochenta y pico? Con este pelo largo en rodete y mis pestañas de pararrayos. Las cejas boscosas y una nariz de acantilado. Las manos carcomidas de dedos y la espalda estrecha. ¿Qué hago, niño-basura? Con los cuatro pelos del pecho y una cicatriz de varicela en el abdomen. El ombligo hacia fuera repleto de pelusas. El pubis de malezas. El pene encorvado y ligeramente hacia la izquierda. Los testículos colgando cual telaraña desgarrada por el viento. ¿Qué hago, niño-inmundicia? Con estos muslos enrulados de pelo negro y duro. Las rodillas escuálidas. La tibia de alfiler y el tobillo de un canario en huelga de hambre. Los pies de gigante dormido. ¿Qué hago, niño-pus?

Un inesperado movimiento intestinal me advierte que hoy olvidé levantar el talón en el supermercado para decir “Presente”. Quizás ya me he acostumbrado a la joroba detrás del cuello. Y dejé de buscar ofertas para ahora coleccionar personas ciegas que juegan a contar monedas sólo después de haberlas perdido. Qué decir... la equivocación de la alegría todavía me provoca calambres cuando duermo. Ni hablar de las voces que me desconocen ¿Puedo volver cuando quiera? ¿Mañana está bien? ¿No molesto? Curso acelerado para sonreír en una foto. Hacerle señas, con una mano y por detrás de todos, a la culpa para que no robe cámara...

Aún puedo hacerme bolita entre mis propios dedos. Conozco de cerca las tormentas más certeras y, aunque no lo parezca, soy adepto a los aniversarios que mezclan tortas con lágrimas y puñaladas en la nuca. La comida agridulce me roba los pantalones sin que yo me resista. Luego viene el desmayo pero, con el tiempo, me he acostumbrado a todo esto: ya no aplaudo. Sólo asiento con la cabeza. Apruebo. Y congelo los labios cada tarde un poco más. Cada noche un poco más. Cada vida un poco más...

domingo, agosto 30, 2009

Esquiva el golpe

... va a ser como un ángel que se encuentra detrás de ti. Si alguna vez te hieren y sientes que vas a caer, este ángel te susurrará en el oído. Te dirá: “¡De pie, hijo de perra! Porque Mickey te ama...”.

¿Entendiste?

sábado, agosto 08, 2009

Cliff Burton

Cuando un hombre miente

asesina una parte del mundo.

Esas son las pálidas muertes

a las que los hombres mal llaman sus vidas.

Ya no puedo cargar con todo esto

seguir siendo testigo.

El reino de la salvación no puede llevarme a casa.

Más de una vez pensé en cuánto hay de verdad en eso del hombre que al mentir asesina. En que quizás esa es la primera forma de atentar contra alguien. La mentira como una suerte de barrera que nace para impedir la continuidad de algo. Y lo arbitraria que resulta esa misma muralla o muro. ¿Por qué? Porque nace de la voluntad de una sola de las partes. El mentiroso, mientras miente, se adueña y bloquea una historia que avanza en búsqueda de una continuidad y, si se quiere, un final.

A partir de su accionar toma posesión de ese epílogo. Ahora las cosas serán a su antojo. Lo que había antes no es más que un territorio fértil que presta su tierra y sus raíces para que el que concibe la mentira ponga en marcha otro relato. Por ende, ese mismo antecedente que hace de cimiento está destinado a morir. Lo mismo que el devenir surgido en la veracidad, que hasta la aparición del mentiroso aspiraba a desembocar o tomar la forma de otro acontecimiento.

Lo verosímil de algunas mentiras hace que el asesinato inherente a su uso sea, además, perpetrado también a través de la traición. La mentira se disfraza y simula tan bien ser una verdad, que termina siendo casi imposible distinguir a una de la otra. El que cree el nuevo argumento falso cae en la trampa: es baleado por la espalda: no debió haber confiado. Todo ese proceso no se da por inercia: opera a través de la voluntad. De alguien. De varios alguien. De tantos que al final no es nadie. Por encima de estas identidades (im)precisas queda el egoísmo y la imposición despiadada del que miente. El asesino de posibilidades. El verdugo de una parte del mundo que muere cercenada con el parto que da origen a la mentira. Habrá una historia que jamás será contada. Y todos somos testigos y partícipes de eso a cada hora.

A través de esta reflexión me gustaría pensar que puedo estar cerca de lo planteado por Cliff Burton, músico y compositor, en el breve poema que aparece en el exordio de este escrito. La premisa básica de este texto, debo confesarlo, era dar cuenta de uno de los músicos más talentosos en la historia del rock, pero lo cierto es que tras chocarme por enésima vez con las ideas que aparecen casi como tajos en un pasaje del instrumental de Metallica “To live is to Die”, me resultó imposible no detenerme a intentar una ligera interpretación, un atisbo de lectura entrelíneas, de lo concebido por el bajista antes de su temprana muerte, en 1986.

Pero el legado de Cliff Burton, hay que decirlo, no termina en ese poema. Por el contrario, su historia y aporte son intensos aunque el músico vivió sólo 24 años. Nacido en San Francisco, California, el 10 de febrero de 1962, comenzó su carrera aprendiendo piano a los 6 años. Se lanzó a tocar el bajo a partir de los 13. Jazz y música clásica fueron algunas de sus primeras influencias, para después sumar al rock. Desde Johann Sebastian Bach hasta Black Sabbath y los Misfits, pasando por la literatura de H.P. Lovecraft, aportaron matices en la técnica de un bajista que ligaba armonías, distorsión, y recursos más cercanos a la guitarra como el taping y el pedal de Wah-Wah.

Cliff Burton tocó por primera vez en vivo en Metallica el 5 de marzo de 1983, en reemplazo de Ron McGovney. Falleció el 27 de septiembre de 1986, cuando el micro que llevaba a la banda de gira por Suecia y Dinamarca volcó camino a Copenhague. Su lugar fue ocupado por Jason Newsted. Kill ‘Em All, Ride The Lighning y Master of Puppets son los discos en los que quedó plasmado buena parte de su talento.

Los instrumentales (Anesthesia) Pulling Teeth, The Call of Ktulu, Orion y To Live is To Die hablan por sí solos de su calidad como compositor y músico intérprete. A Burton también le corresponde, entre otras joyas, la intro del clásico For Whom the Bell Tolls (compuesta antes de su ingreso a Metallica).

En su honor, la banda presentó en 1987 la cinta Cliff ‘Em All, que a través de cortos de TV, videos profesionales y, principalmente, grabaciones efectuadas por los mismos fans, repasa numerosas presentaciones de Metallica con Cliff Burton empuñando su bajo.

martes, julio 28, 2009

Falta Adolf, que al parecer anda engripado...

jueves, julio 23, 2009

Josefa

A mí nadie me va a venir a contar lo que es una calle. Y menos lo que es una calle bañada de sangre. Nadie me lo va a enseñar. Porque yo estuve ahí, detrás de los árboles. Viéndolo todo. Y luego llegué acá. A esta ciudad que tiene mucho de promesa y muy poco de verdad. ¿Qué importa si fue en barco o en avión? ¿Si acá me dieron de comer asado, o de tomar vino, o de vestido la pollera de una mujer bailando el pericón un 25 de mayo? A mí me preguntaron el nombre, que anotaron como se les antojó porque no es lo mismo llamarse “Sabiha” que “Sabrina”, o “Josefa” en lugar de “Safeta”, pero no les importó. Había que hacerme creer que estaba en casa, o que de donde venía era la peor casa del mundo, y acá estamos: con las cosas más fáciles porque aprendí rápido la lengua. Porque tomo el mate más amargo del mundo y llego a las lágrimas con las canciones de León Gieco. Que me canta a mí. Me enamoré de ese búsquenme, me encontrarán, en el país de la libertad. Que para mí fue este, aunque mi libertad estuvo muerta desde el momento en que alguien me dijo que me correspondía. Porque una no se hace libre, y si no mirame ahora, sentada abajo de esta autopista. La Josefa de Constitución. Que una se pueda hacer libre es una mentira tan grande como esas montañas siempre húmedas que ya no volveré a ver. Ni los bosques de ramas que rayan los brazos si los llevás descubiertos. Ni los tierras abiertas de par en par a la espera de las semillas que mañana matarán al hambre. Que se colarán entre la nieve más blanca para un día secarse y después calentar las paredes frías de las casas. Los mismos muros que jamás pintaron ni mi padre, ni mi hermano, ni mis tíos. Pero que yo sí. El día que al final me dejaron sola con la criatura cubierta con un trapo y yo cerré la puerta. Y la agarré bien, bien fuerte del pañal de tela para después darla contra la pared. Bien contra la pared. La cabeza deshaciéndose contra los ladrillos ásperos y luego el resto de los huesos crujiendo como galletitas, hasta que me pelé la mano con la misma pared. Porque ya no había nada que golpear; porque los pedazos estaban en el piso, mezclados en parte con la tierra. Pero no me sentí aliviada. No me dio paz ni me la había dado lavarme con agua hirviendo ni bien pasó. Con alcohol. Haberme puesto sal. Haberme comido esa misma sal. Haberme puesto un ladrillo caliente sobre la panza que creció tan rápido. Tan rápido... Nada me devolvió ni me iba a devolver las carreras con los chicos del pueblo atrás de los caballos que, sin hacer ruido, soltábamos de los corrales de los vecinos. Nada me iba a devolver la posibilidad de escabullirme entre los árboles hasta ganar el río. Para después nadar y nadar a través de mis Balcanes. Vestida o desnuda era lo mismo. Nadar lo suficiente como para que todo quede atrás, bien atrás. Incluso nadar fuera de las aguas en las que una tarde pasaron flotando los mismos caballos que tanto me gustaba espantar. Huir fuera de la misma tarde en que me encerraron en ese galpón y se fueron turnando de a uno. Todos vomitados y ensangrentados. Buscando el final de las polleras que yo no iba a defender porque todavía las caras que había visto antes, detrás de los alambrados y las púas, me seguían hablando. Aunque ya no estaban. Yo vi las quijadas huesudas de mi tío pidiéndome a través de los cercos alguna corteza de árbol para comer. Las costillas a punto de apuñalar la piel transparente del pecho. Yo vi a la mujer junto a la fábrica que llevaba un cuadro con la foto de su hijo. Y al hombre en blanco y negro que dijo Esos y esos. Pero que a mí nunca me vio, porque yo estaba tan bien escondida que casi me había vuelto árbol. Él se interesó en la gente que cocinaba en tachos de basura. En las mujeres sentadas en las calles de tierra que olían a meada y mierda de personas. En sus cabezas con pañuelos. En las niñas con cabezas con pañuelos. Hacia ellas, hacia las que ya tenían más de 10 años, mandó a los de boinas moradas, a los Škorpioni que no estaban del todo borrachos. Y los pocos que se quedaron sin ninguna niña se volvieron contra los alambrados y eligieron a los hombres. Los pusieron uno detrás de otro y marcharon para el campo, y se entremezclaron entre las hayas y los castaños, como osos grises con un panal de miel entre las garras, como buitres y lobos hambrientos. Desesperados pero contentos. Empujan hacia el bosque a mi tío y a mi hermano, que me adivina los pelos enredados asomando de entre los pastos y gira la cintura con las manos atadas. Para hacerme con un dedo un gesto que allá, en mis montañas siempre mojadas, significa Andate bien a la mierda. Andate bien a la mierda, Safeta. Pero yo no me voy y me quedo para ver al tío, que se pone de espaldas mientras los Škorpioni terminan sus cigarros y apuran los últimos tragos de una petaca. Suena un gruñido y el tío cae de espalda, como electrocutado, con la boca entreabierta y los labios estirados hacia un costado. Como a punto de escupir algo que se acaba de sacar de los dientes y le molesta. Mi hermano vuelve a descubrirme entre la gramilla y después me deja los hombros para que no los olvide. Siempre con las muñecas unidas con su propio cinto vuelve a mover el dedo. Su dedo. Andate bien a la mierda, Safeta. La metralla repica y le llena de botones rojos la espalda. Se entierra de boca, entre los pastos que ojalá haya alcanzado a saborear como cuando eramos chicos y, en el trayecto de vuelta de la escuela, jugábamos a que teníamos hambre. Y que nos podíamos comer cualquier cosa. Hasta las plantas. Después veo las piernas y los brazos de mi hermano, de mi tío, de los que no conozco pero sé que tuvieron un nombre, unos arriba de otros, apilados como troncos. Ocultos entre la gramilla y la alfalfa, que en mi tierra crece salvaje. Ocultos como yo, que no aguanto el grito y dejó de ser árbol para ser una niña casi mujer. Que es manoteada de los pelos que se ocultan bajo el pañuelo y arrastrada hasta los galpones donde me llenarán la panza una y otra vez. Que un día, muchos meses después, será sacada en un auto por holandeses y subida a empujones a un avión. Para luego despertar en un hogar con gente que me dice cosas que no entiendo. Buenos Aires. La gente me viste. Me enseña a hablar. Me da de comer. Me toca. Me toca. Me toca. Y un día me escapo y llego a una plaza donde unos niños me hacen un lugar porque yo sé cocinar; prender fuego con ramitas. En tachos de basura. Y no me asusta el olor a meada y a mierda de personas. Hasta que llueve y junto las pocas porquerías que tengo y me vengo abajo de la autopista a pensar. Hasta que justo pasa esto, con la sangre saliendo de los agujeros del asfalto. Y pienso. Si esa sangre que brota no es sangre de la tierra. Que circula abajo de nuestros pies. Un arroyo hecho con la sangre de todos los que murieron matados. Que se fue uniendo, la sangre, porque no es un líquido como los otros, que por lo general se secan. Imagino a la sangre igual que los recuerdos: llamándose gota a gota. En un idioma que sólo hablan las sangres, pero que ignoran las personas. Las veo a las gotas deslizándose a través del barro. Los pastos. La corteza de los castaños de mi tierra. Para después juntarse en un torrente rojo que fluye a una profundidad imposible de imaginar. Que nadie puede ubicar. Pero que es tan cerca que a veces pasa que la sangre brota. Y sale al aire como si se escapara de un caño roto. Ahora que veo esto pienso y pienso. Hago cuentas. La sangre del tío llegó primera a ese mar, estoy segura. La sangre del tío llegó primera y después llamó en esa lengua que sólo hablan ellas a la sangre de mi hermano. Estoy segura. A la de mi hermano, que goteó por la espalda. Por la boca. Por los oídos. Por la nariz. Yo a eso lo vi, como cuando el dedo que me decía Andate bien a la mierda, Safeta, Andate bien a la mierda, rebotó al mismo tiempo contra las plantas y el barro para ya no volver a doblarse. A eso lo vi como lo vuelvo a ver ahora. Mientras, pienso en esto que ahora brota ahí, en la calle. En si esa es la sangre que ya no aguanta engordar bajo la tierra. En si es la misma sangre que se derramó allá, en Srebrenica. O es apenas un caño roto. Apenas otro.

viernes, julio 10, 2009

Buenos Aires es como tu útero, mamá. Que sangra porque no tenés hijos

Cómo no vas a llorar si el tipo se parece a vos. Con ese bolsito colgando del brazo y la campera gris de tela de avión. El pelo cortado por el único peluquero que hay en el pueblo. Que hace mil años que no hace un curso y piensa que todavía los cortes se hacen a base de navaja. Que a la melena hay que rebajarla sí o sí atrás, con movimientos ágiles pero secos, siempre recostando el filo de la navaja sobre la nuca. Para que la hoja corte pelo y no piel. Porque sino la piel sangra y ahí se empasta la navaja y los pelos se empiezan a pegar entre sí. Y puede que en ese baile uno se confunda y termine cortando de más. Justo ahí, en la parte de atrás de la cabeza, donde no te ves pero el resto de la humanidad sí, por lo que pueden llegar a cagarse de risa de vos durante meses sin que te des cuenta. Sobre todo si el peluquero termina cortando más nuca que pelo.

¿Le dijiste que tu papá fue peluquero? Estilista, como le dicen algunos. Aunque él prefería autodefinirse como “coiffeur”. Hasta tenía una plaquita de bronce en la puerta del local. Como cualquier médico o abogado. Coiffeur, decía. Y tu abuela que, una vez por semana, se tomaba el trabajo de pasarle mucho brillametal a esa bendita placa. Con el pomito blanco y rojo, con vivos amarillos. Fsss fsss fsss fsss sonaba la franela anaranjada yendo y viniendo a través del rectángulo de bronce. Hasta que “Coiffeur” quedaba bien lustradito. El peluquero tenía una placa más brillante que el médico con menos muertos del pueblo. En un momento, la franela caía al piso de baldosas todavía sin baldear y la abuela –trepada a un banquito, porque siempre fue petisa– se dedicaba a ejercitar su don del detalle: miraba el bronce desde arriba, abajo, de costado. Lo suyo siempre fue la perfección.

Después ya iba por el balde, el desodorante para piso, el escobillón con los pelos para afuera como el bigote de papá. Más tarde aparecía el rociador; el mismo con que el peluquero después le mojaba las patillas a los clientes. Esas patillas a las que papá primero salpicaba con un chorrito corto de agua, para luego terminar de humedecerlas con la yema del dedo gordo, apretando contra la cabeza del cliente las gotas que todavía aparecían intactas. Agachate así, decía. Levantame un poquito la pera.

A los pendejos que se portaban mal, en cambio, el coiffeur les sacudía un buen chorro en el mate con el rociador. No era el típico peluquero complaciente. Pero si de algo tenía miedo papá, era de cortarle la oreja a algún pibe. Porque los grandes se quedan quietos, pero los chicos empiezan a saltar en el sillón, se dan vuelta y dicen “mami, ¿me comprás el calzoncillo del Hombre Araña?”, y por ahí, en ese mismo giro, viene entrecortando la tijera a diestra y siniestra, y el filo al pasar pellizca un borde de oreja. El pibe sangra. Primero grita, me olvidaba. Después sí: sangra. Y la madre, en vez de pegarle un buen sopapo al pendejo por inquieto, se la termina agarrando con el “estilista” y chau: un cliente menos.

Pero papá siempre tuvo el don del cálculo y, rociador mediante, nunca le faltó muñeca para amansar al más temible de los infantes. Al más jodido de los chicos, o sea. “Chicos” queda mejor. “Infante” me suena a, no sé, infante de marina. Un soldado. Me recuerda a esos cabos que vienen del norte y no tienen ni el secundario terminado, pero que aguantan muy bien las palizas, las humillaciones que les imponen los que tienen grados más altos, las cagadas a patadas, el frío, la burla porque les cuesta pronunciar la “s”, o no saben agarrar bien los cubiertos.

Pero que soportan y aprenden las reglas y obedecen órdenes como ninguno. Qué bárbaro: son perros amaestrables esos tipos. Pero ojo: sólo adentro del cuartel. Fuera de la garita de guardia son todos Comando. Sí, como la película del nazi de Schwarzenegger. Se creen todos héroes de la libertad. Pero ojo, mirá que en sus sueños esos negritos no se imaginan soldados del Ejército Argentino sino del ejército yanqui. Y no los culpo, si después de todo el Ejército Argentino no tiene ni nafta para mover una ambulancia. En cambio el yanqui lo tiene todo: unos tanques de puta madre. Unas armas que incluso a uno le dan ganas de salir a tirotear rusos. O iraquíes. Es lo mismo. Acá no podemos ponerle ni un cascotazo a un chileno. Pero bueno, los soldaditos se hacen la película, que cumplen misiones y combaten al comunismo que viene. O algo así. Lo cual no deja de ser loco, porque no tienen idea de qué mierda es el comunismo. Lenin les suena a marca de moto barata. “Comprándote una Lenin te llevás, sin cargo, este hermoso kit para hacer trasplantes de riñón en tu casa”. Puedo imaginarme la publicidad. Por suerte, estos infantes siempre fueron menos que los pendejos que cada mes caían en la peluquería de papá, aunque son más peligrosos porque, como dijera mi vieja, “son los que tienen las armas”. Mamá no diferencia un FAL de un aire comprimido, pero esta vez tiene toda la razón.

Los negritos del interior son los que tienen la armas. Algo en lo que no pensaste cuando, tras abrir la puerta del edificio para ir a buscar tres cervezas, te chocaste con ese tipo que usaba el pelo cortado como allá, a 450 kilómetros de la gran capital. Vos venías tarareando una frase entrecortada que se te había ocurrido una semana antes: “Buenos Aires es como tu útero, mamá. Que sangra porque no tenés hijos.” Pero apareció este hombre. Y no sólo te paraste, si no que además te salió de adentro el instinto de ayuda. Ofreciste el oído. Con el bolsito colgando del hombro, metido adentro de su campera gris de tela de avión, el tipo te miró con ojos achinados y vos te preparaste para darle plata. Pero no te pidió una moneda. Sólo preguntó: ¿Si voy por esa calle llego a la General Paz? Y vos: Sí, pero estás un poco lejos. ¿Pero no me pierdo? No, si vas por esa calle derecho no te perdés. Aunque insisto: estás muy lejos. No importa, contestó. Tomate un colectivo, preguntá bien. No, yo voy caminando, murmuró. Todo a media voz. Sólo quiero llegar a mi pueblo. Tomate un colectivo, perseveraste. No, es que no tengo plata. Ahí vos sacaste la billetera, enredaste los dedos y, sin mirar cuánto sumaba lo que habías logrado atenazar, le extendiste unas monedas y le dijiste Pero no, cómo vas a ir caminando, tomá, tomate un bondi. Él no aceptó las monedas. Insististe. Luego de aceptarlas, el tipo pronunció la frase que te iba a estropear el corazón para siempre. Que te iba a revelar que Buenos Aires no es más que un violador al que todo el tiempo se lo premia por cada nuevo himen destrozado. Sos el primero en esta ciudad que me trató como una persona, te dijo.

Y siguió: soy de Entre Ríos, llegué hoy en una ambulancia con mi hijo de seis años, al que ayer lo picó una víbora; mi hijo se me murió en el viaje, en la ambulancia, y después me fui a la casa de la provincia de Entre Ríos acá, en Buenos Aires, para ver si me ayudaban y me echaron ¿podés creer? Mis paisanos me echaron y yo ahora quiero irme hasta la calle General Paz y luego a un lugar que se llama Americana. La Panamericana, lo interrumpiste. Estabas desencajado. Las tres cervezas se hicieron vidrio para después atravesarte cada palma, cada mano. Sí, a ese lugar tengo que ir. Pero... no podés hacer eso. Solamente me quiero ir a mi pueblo, rogó. Pero la Panamericana no va a tu pueblo. No, ya sé, pero ahí me dijeron que haga dedo hasta la ruta 9, y ahí sí llego a mi pueblo. Pero. Bueno, me voy. No, pará, pará. Y sacaste más plata de la billetera. Por favor, tomá. Él: no, no, por favor. Y se atajó con las manos, como si lo tuyo fuera ya un abuso. Tras contarte la verdad, su drama, los roles habían cambiado. Ahora la víctima era vos y el tipo lo sabía. Tenías que volver a intentarlo: tomá, para que comas algo aunque sea. Agarró la plata. Pegó media vuelta y se fue casi al trote.

Desapareció con sus ojos achinados y el “¿cómo mis paisanos me van a dejar así?”. Se llevó consigo, en ese bolso gastado en el que adivinaste un calzoncillo limpio y un par de medias gastadas, al hijo del que nunca sabrás el nombre. Pero que siempre estará muriendo en una camilla por culpa del diente de una víbora certera. El tipo se fue con el frío y la muerte encima. Apurado por caminar durante horas para, sin nunca frenarse a tomar aliento, seguir caminando hacia un pueblo que quizás ya no exista para cuando él llegue. Entonces, cómo no vas a querer tirarte por el agujero del ascensor cuando volviste a tu casa. Cómo no vas a llorar, si al final ese tipo se parecía tanto a vos.

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