Eleisegui

viernes, julio 10, 2009

Buenos Aires es como tu útero, mamá. Que sangra porque no tenés hijos

Cómo no vas a llorar si el tipo se parece a vos. Con ese bolsito colgando del brazo y la campera gris de tela de avión. El pelo cortado por el único peluquero que hay en el pueblo. Que hace mil años que no hace un curso y piensa que todavía los cortes se hacen a base de navaja. Que a la melena hay que rebajarla sí o sí atrás, con movimientos ágiles pero secos, siempre recostando el filo de la navaja sobre la nuca. Para que la hoja corte pelo y no piel. Porque sino la piel sangra y ahí se empasta la navaja y los pelos se empiezan a pegar entre sí. Y puede que en ese baile uno se confunda y termine cortando de más. Justo ahí, en la parte de atrás de la cabeza, donde no te ves pero el resto de la humanidad sí, por lo que pueden llegar a cagarse de risa de vos durante meses sin que te des cuenta. Sobre todo si el peluquero termina cortando más nuca que pelo.

¿Le dijiste que tu papá fue peluquero? Estilista, como le dicen algunos. Aunque él prefería autodefinirse como “coiffeur”. Hasta tenía una plaquita de bronce en la puerta del local. Como cualquier médico o abogado. Coiffeur, decía. Y tu abuela que, una vez por semana, se tomaba el trabajo de pasarle mucho brillametal a esa bendita placa. Con el pomito blanco y rojo, con vivos amarillos. Fsss fsss fsss fsss sonaba la franela anaranjada yendo y viniendo a través del rectángulo de bronce. Hasta que “Coiffeur” quedaba bien lustradito. El peluquero tenía una placa más brillante que el médico con menos muertos del pueblo. En un momento, la franela caía al piso de baldosas todavía sin baldear y la abuela –trepada a un banquito, porque siempre fue petisa– se dedicaba a ejercitar su don del detalle: miraba el bronce desde arriba, abajo, de costado. Lo suyo siempre fue la perfección.

Después ya iba por el balde, el desodorante para piso, el escobillón con los pelos para afuera como el bigote de papá. Más tarde aparecía el rociador; el mismo con que el peluquero después le mojaba las patillas a los clientes. Esas patillas a las que papá primero salpicaba con un chorrito corto de agua, para luego terminar de humedecerlas con la yema del dedo gordo, apretando contra la cabeza del cliente las gotas que todavía aparecían intactas. Agachate así, decía. Levantame un poquito la pera.

A los pendejos que se portaban mal, en cambio, el coiffeur les sacudía un buen chorro en el mate con el rociador. No era el típico peluquero complaciente. Pero si de algo tenía miedo papá, era de cortarle la oreja a algún pibe. Porque los grandes se quedan quietos, pero los chicos empiezan a saltar en el sillón, se dan vuelta y dicen “mami, ¿me comprás el calzoncillo del Hombre Araña?”, y por ahí, en ese mismo giro, viene entrecortando la tijera a diestra y siniestra, y el filo al pasar pellizca un borde de oreja. El pibe sangra. Primero grita, me olvidaba. Después sí: sangra. Y la madre, en vez de pegarle un buen sopapo al pendejo por inquieto, se la termina agarrando con el “estilista” y chau: un cliente menos.

Pero papá siempre tuvo el don del cálculo y, rociador mediante, nunca le faltó muñeca para amansar al más temible de los infantes. Al más jodido de los chicos, o sea. “Chicos” queda mejor. “Infante” me suena a, no sé, infante de marina. Un soldado. Me recuerda a esos cabos que vienen del norte y no tienen ni el secundario terminado, pero que aguantan muy bien las palizas, las humillaciones que les imponen los que tienen grados más altos, las cagadas a patadas, el frío, la burla porque les cuesta pronunciar la “s”, o no saben agarrar bien los cubiertos.

Pero que soportan y aprenden las reglas y obedecen órdenes como ninguno. Qué bárbaro: son perros amaestrables esos tipos. Pero ojo: sólo adentro del cuartel. Fuera de la garita de guardia son todos Comando. Sí, como la película del nazi de Schwarzenegger. Se creen todos héroes de la libertad. Pero ojo, mirá que en sus sueños esos negritos no se imaginan soldados del Ejército Argentino sino del ejército yanqui. Y no los culpo, si después de todo el Ejército Argentino no tiene ni nafta para mover una ambulancia. En cambio el yanqui lo tiene todo: unos tanques de puta madre. Unas armas que incluso a uno le dan ganas de salir a tirotear rusos. O iraquíes. Es lo mismo. Acá no podemos ponerle ni un cascotazo a un chileno. Pero bueno, los soldaditos se hacen la película, que cumplen misiones y combaten al comunismo que viene. O algo así. Lo cual no deja de ser loco, porque no tienen idea de qué mierda es el comunismo. Lenin les suena a marca de moto barata. “Comprándote una Lenin te llevás, sin cargo, este hermoso kit para hacer trasplantes de riñón en tu casa”. Puedo imaginarme la publicidad. Por suerte, estos infantes siempre fueron menos que los pendejos que cada mes caían en la peluquería de papá, aunque son más peligrosos porque, como dijera mi vieja, “son los que tienen las armas”. Mamá no diferencia un FAL de un aire comprimido, pero esta vez tiene toda la razón.

Los negritos del interior son los que tienen la armas. Algo en lo que no pensaste cuando, tras abrir la puerta del edificio para ir a buscar tres cervezas, te chocaste con ese tipo que usaba el pelo cortado como allá, a 450 kilómetros de la gran capital. Vos venías tarareando una frase entrecortada que se te había ocurrido una semana antes: “Buenos Aires es como tu útero, mamá. Que sangra porque no tenés hijos.” Pero apareció este hombre. Y no sólo te paraste, si no que además te salió de adentro el instinto de ayuda. Ofreciste el oído. Con el bolsito colgando del hombro, metido adentro de su campera gris de tela de avión, el tipo te miró con ojos achinados y vos te preparaste para darle plata. Pero no te pidió una moneda. Sólo preguntó: ¿Si voy por esa calle llego a la General Paz? Y vos: Sí, pero estás un poco lejos. ¿Pero no me pierdo? No, si vas por esa calle derecho no te perdés. Aunque insisto: estás muy lejos. No importa, contestó. Tomate un colectivo, preguntá bien. No, yo voy caminando, murmuró. Todo a media voz. Sólo quiero llegar a mi pueblo. Tomate un colectivo, perseveraste. No, es que no tengo plata. Ahí vos sacaste la billetera, enredaste los dedos y, sin mirar cuánto sumaba lo que habías logrado atenazar, le extendiste unas monedas y le dijiste Pero no, cómo vas a ir caminando, tomá, tomate un bondi. Él no aceptó las monedas. Insististe. Luego de aceptarlas, el tipo pronunció la frase que te iba a estropear el corazón para siempre. Que te iba a revelar que Buenos Aires no es más que un violador al que todo el tiempo se lo premia por cada nuevo himen destrozado. Sos el primero en esta ciudad que me trató como una persona, te dijo.

Y siguió: soy de Entre Ríos, llegué hoy en una ambulancia con mi hijo de seis años, al que ayer lo picó una víbora; mi hijo se me murió en el viaje, en la ambulancia, y después me fui a la casa de la provincia de Entre Ríos acá, en Buenos Aires, para ver si me ayudaban y me echaron ¿podés creer? Mis paisanos me echaron y yo ahora quiero irme hasta la calle General Paz y luego a un lugar que se llama Americana. La Panamericana, lo interrumpiste. Estabas desencajado. Las tres cervezas se hicieron vidrio para después atravesarte cada palma, cada mano. Sí, a ese lugar tengo que ir. Pero... no podés hacer eso. Solamente me quiero ir a mi pueblo, rogó. Pero la Panamericana no va a tu pueblo. No, ya sé, pero ahí me dijeron que haga dedo hasta la ruta 9, y ahí sí llego a mi pueblo. Pero. Bueno, me voy. No, pará, pará. Y sacaste más plata de la billetera. Por favor, tomá. Él: no, no, por favor. Y se atajó con las manos, como si lo tuyo fuera ya un abuso. Tras contarte la verdad, su drama, los roles habían cambiado. Ahora la víctima era vos y el tipo lo sabía. Tenías que volver a intentarlo: tomá, para que comas algo aunque sea. Agarró la plata. Pegó media vuelta y se fue casi al trote.

Desapareció con sus ojos achinados y el “¿cómo mis paisanos me van a dejar así?”. Se llevó consigo, en ese bolso gastado en el que adivinaste un calzoncillo limpio y un par de medias gastadas, al hijo del que nunca sabrás el nombre. Pero que siempre estará muriendo en una camilla por culpa del diente de una víbora certera. El tipo se fue con el frío y la muerte encima. Apurado por caminar durante horas para, sin nunca frenarse a tomar aliento, seguir caminando hacia un pueblo que quizás ya no exista para cuando él llegue. Entonces, cómo no vas a querer tirarte por el agujero del ascensor cuando volviste a tu casa. Cómo no vas a llorar, si al final ese tipo se parecía tanto a vos.

jueves, julio 09, 2009

Mike Patton, al frente de Faith No More, vuelve a comerse la cancha

Para fortuna de los que tanto lamentamos la separación de la banda en su momento, Faith No More tocará en la Argentina el 1º de Noviembre. Ahí estaremos.

domingo, julio 05, 2009

El campeón sos vos, Globo

jueves, julio 02, 2009

Soy el escritor del futuro

No escribo. Sólo leo. Es muy poco lo que tengo para expresar: me importa lo que vos digas. De mí. De esto que ahora ves. Que escuchás. Que sólo es mi voz, pero yo coloreo para que parezca mucho más. Soy sólo puesta en escena. Gancho visual. La camisa que llevo puesta, el pelo que enrosco para vos. Los dientes que me faltan. Río y te miro a los ojos cuando muevo los labios para no darte nada. Intercalo un chiste en ese texto autobiográfico que leo arriba de un escenario para incentivar sólo la contemplación. La mía. Esta cara de loco que ensayo cada mañana frente al espejo. Frente a la máquina de café de mi laburo. No interesa el género. Sin que se me mueva una ceja puedo argumentar que lo mío es un cuento. Una poesía. Una prosa poética. Pero lo cierto es que no hay nada de cuento, poesía o prosa poética en esto que murmuro aferrado a un papel. No hay mensaje escrito. El contenido es una mentira que yo disimulo y vos aceptás. Los dos vinimos a buscar a este agujero de luces casi quemadas la farsa que más nos satisface. Yo, como escritor. Vos, como espectador. Ser lo opuesto a lo que representamos es lo que mejor nos define. Es la única verdad que queda sobre el escritorio cuando el libro se cierra. Y el público vuelve a su casa para, siempre con erudito disimulo, encender la tele y ver cómo terminó el reality de Tinelli. En esta mentira de patas largas reside la fórmula que hoy me asegura el aplauso. Y a vos la bohemia. Decíme qué te parezco: si querés literatura andá a la biblioteca. Este es el espacio de los que tenemos la cara dura como un paredón. El arte, lo sabemos, está en otra parte. Pero no lo digamos en voz alta. Que si no se acaba el ritual y tendremos que lidiar con que, como dijera Perón –retomando a Aristóteles–, “la única verdá es la realidá”. Y ahí se pudrió todo. Porque vos y yo seríamos vos y yo. Y ahí nomás se terminaría esto como lo conocemos. Se acabarían las citas en esos tugurios ambientados para crear la sensación de “poesía”. Moriría la imaginación de aquellos que cada noche preparan (mal) sus disfraces de Baudelaire para inventar a Buenos Aires como una ciudad donde, parecido al huevo de la serpiente, anida el feto de la literatura que vendrá. Vos tendrías que dar el paso y exigir que yo te transmita algo. Y yo dejar de hacerme el payaso frustrado para, por una vez en la vida, sentarme a escribir. Se acabaría lo que alimentamos: teatro de pueblo. Obra de alumnos de escuela primaria. Pero con simulaciones de escritura. Prácticas robadas al oficio del que, sudor mediante, acomoda letras. Sí, che: teatro de pueblo. Y muy malo, lo cual pinta el panorama todavía más oscuro. Insisto: si alguien un día pronuncia la verdad, esto puede derivar en una muerte. Pensémoslo, por favor. Nadie quiere una tragedia ¿no? Por eso, calma. Acá tenés tu saco, tu barba de tres días y una guitarra para que nunca aprendas una canción completa. En un bolsillo llevá este libro. Es Estrella distante, de Bolaño. Es genial, pero no hace falta que lo leas: en Wikipedia hay un muy buen resumen. ¿Listo? ¿Compraste cigarrillos negros? ¿Llevás guita para la birra? Andá a esta dirección. Sí, es un barrio peligroso, pero cada tanto tenemos que mezclarnos con el pueblo. Pagá la entrada. Saludá a todos esos porteños chetos y nenes bien del interior que se la dan de gente sencilla sólo porque llevan nombres de indios. Perdón, nosotros no decimos “indios”. Nosotros, que tenemos varias materias metidas en Letras, Sociología y Ciencias de la Comunicación, decimos “pueblos originarios”. Ahí están Nahuel, Ayelén, Lautaro, Atahualpa, Irupé. Ellos, con barba y su foto en Jujuy mascando coca. Ellas, con bolsos símil bandera de Bolivia y su foto en Machu Pichu. Pero en realidad no queremos a ningún indio en Buenos Aires. No señor. Buscá tu silla. Tu mesa. Tu cerveza. Te dijeron que soy bueno y es verdad. Mirá con qué confianza subo al escenario. Desenredo las hojas. Digo que es un cuento. Un poema. Una prosa poética. Bajan las luces. Suben el micrófono. Suenan dos acordes de bajo para crear “clima”. Mirame. Sólo tenés que mirarme. Gracias por volver a disfrutar de este teatro. Porque, nunca lo olvides, soy un escritor del futuro. Yo no escribo. Sólo leo.

jueves, junio 25, 2009

Paredes

Alambre. Sujetando cada dedo de mi pie. Mientras juego con el bigote a que la luna es opaca y tu sonrisa una lápida a la que no le sobra ninguna letra. Si supieras que me he bebido todo el agua mucho antes de que nacieras... Y que he posado mi cabeza sobre leones dormidos que cuentan personas para no despertar. Tal vez. Sí: tal vez. Podrías elevarte de mi techo y contarme los espacios entre los dientes como ese primer amanecer. Con una hoja de tabaco. Relatar como era mi ombligo antes de que tus manos tibias se posaran sobre mi vientre... Hasta que yo pronuncie un “no me claves a tu cruz” y te obligue, como cada miércoles de nieve seducida, a pintarte el rostro un segundo antes de servir la cena...

¿No te aburre aplastarle la cabeza siempre al mismo enano? Una nube escarlata me advirtió que puedo volverme árbol -y secarme- antes de que bajes el cierre del último suspiro dedicado a mi cabello. No mientas. Las paredes de tu rostro están hechas para ser trepadas sin esfuerzo. Y ya siento sobre mi espalda la mirada curiosa de aquellos principiantes que quieren probar suerte en tu pantano de juguete. Rutina de la amargura. Levanto los labios una y otra vez para comprobar cuán inútil es asignarle un color a las palabras. A tu alrededor, la angustia escribe diccionarios. Y el vacío acomoda las sábanas con cuidado para que no manches el colchón cuando, ya de madrugada, tu último pensamiento feliz decida retirarse entre náuseas y sin apagar la luz.

Versículo primero de una caricia escindida en fascículos. Aprendí a contar carcajadas cada vez que encendías un ventarrón de arena en pleno dormitorio. Y hoy, mientras separo las piernas para que tus abrazos no me empapen, tuerzo el mentón sin pensar en cuántas habrán sido las costillas con las que desperté esta mañana. Me están permitidos la hojarasca y el cariño envidioso. Sólo eso. La última piedra que me golpeó, la última vez que levanté la inocencia para contemplar el azul del paisaje, apenas si me dejó fuerzas para suplicar. Ahora, enamorado del sebo, pretendo el silencio. Y un reloj transparente. Para disimular ausencias. Para no volver a verme...

7 de abril de 2006

miércoles, junio 17, 2009

Fernando Peña (1963-2009)

Gracias.

jueves, junio 11, 2009

El Trinche

¡Qué loco estabas, Trinche! ¿Cómo le vas a hacer caso a ese burlón que sólo piensa con el corazón y jamás con la cabeza? Pero vos no podías con el genio. La tenías que hacer. Y el “Meté un caño de ida y vuelta, Trinche, dale”, que te reclamó el otro pistola te encantó. Y ahí nomás hiciste la impensada. ¿Cómo era? Vos la explicás mejor yo: “Tiré un caño y cuando el defensor se dio vuelta le tiré otro. Lo hacía seguido, aunque ese día la cancha se venía abajo. Fue la única vez que se abrazaron los de Newell’s y los de Central”. Ah, pero esa no fue en cancha de Central Córdoba ni frente a Talleres de Remedios de Escalada. La que contás fue otra, Trinche. Fue en el baile que ese combinado rosarino armado con leprosos, canallas y vos, que no jugabas en ninguno de esos clubes, le pegó a la Selección que después Vladislao Cap llevó al Mundial de Alemania. ¿Te acordás la fecha? 17 de abril del 74. Bajaba el telón del primer tiempo y ustedes ya le habían metido 3 a la celeste y blanca. Después terminó siendo 1-3 para la Selección Argentina, la de todos bah, pero eso es lo de menos. No te podían parar. Y ahí hiciste inmortal tu caño de ida y vuelta. Los pasabas a todos como alambre caído. Largo como sos. Cap no lo podía creer. Tal resultó el susto del técnico que fue y habló con el flaco que dirigía a esos desfachatados rosarinos, a esos Kempes y Zanabria que recién mostraban las garras, para que te saque en el entretiempo. Y así fue. Y hubo quien lloró con los ojos entre las manos cuando la melena que todos queríamos tener, ser, miró la tribuna y salió caminando del césped. “La que tiene que correr es la pelota”. Infame. Ni siquiera levantaste una mano para saludar. Ya estaba. Los porteños no se olvidarían jamás de ese lungo que un día prefirió irse a pescar, en lugar de sumarse a los entrenamientos de la Selección que después armó Menotti.

¿De dónde saliste, Trinche? “Cuando tenía cuatro años un vecino me apodó y nunca supe por qué. Desde ahí siempre fui el Trinche”. Naciste con barba. Y debajo de esos pelos ocultabas la sonrisa previa a la jugada que nadie esperaba. En Rosario Central. En Central Córdoba. En Colón de Santa Fe. En Deportivo Maipú. En Independiente Rivadavia de Mendoza, cuando en otro arrebato de locura manejaste los hilos de una obra que terminó en derrota del Milán de Italia por 3 a 1. Dicen que tu habilidad generaba el peor de los sentimientos para el defensor rival: lo enamoraba. Te pedía que le hagas otro sombrero. Mataras el centro envenado con el muslo y le pasaras el fobal por encima de la cabeza, rozándole el flequillo, el remolino cercano a la nuca, para después irla a buscar del otro lado. Quebrar la cintura. Pintar un dribbling con el empeine. El pique cortito. “Es cierto que me sentaba en la pelota durante el partido. Pero no era una provocación. Por ahí ellos no presionaban y yo estaba un poco cansado, ja”. Lo tuyo es incurable, Trinche. Me contaron que en Central Córdoba te daban premios extras por los caños. Y los viejos que todavía se rayan el pecho con los colores de Los Andes nunca olvidan que fueron ellos mismos, sí, tus rivales, los que esa vez que te olvidaste el documento recontra juraron ante escribano público que vos... eras vos. Sin dar un pase ya los habías enamorado ¿ves? “Me querían ver jugar”. Bigote que flamea. Pekerman dice que, a la hora de armar una Selección Argentina de todos los tiempos, vos sos el dueño de la 5. Para siempre. “Es el futbolista más maravilloso que vi”, comentó una vez. Yo justo me estaba bañando, pero lo escuché más tarde, cuando lo repitieron en la tele.

¿Pero si no jugaste ni en Boca ni en River? No podías pasar desapercibido, Trinche. Tu vida está marcada por el simple hecho de ser un lobizón: séptimo hijo varón de un plomero yugoslavo que se mojó las patas en el Paraná rosarino por primera vez allá por la década del 30. Y no se fue más. Apareciste vos. El crack de los ojos en la nuca, como murmuró un compañero tuyo una vez. Vos le dabas la pelota a él y estabas salvado, dicen otros. ¿Fue para tanto? El cambio de frente milimétrico no lo inventaste vos de milagro. “El Trinche anticipó cosas que después se le vieron a Claudio Borghi”, confesó Fontanarrosa una vez, sentado en El Cairo. El Negro sí que no le erraba. Había más: La gambeta intratable puede que haya nacido en esos picados por el interior santafesino que tanto te gustaba jugar con hermanos y amigos. Pero siempre volvías. A ese Central Córdoba. “Lo más grande que me dio la vida”. No te convenció el Cosmos de Pelé, cuando te vinieron a buscar. Saliste rajando para el barrio La Tablada cuando aparecieron de Francia y el Inter Italiano.

Y un día te paraste. No pusiste la suela y la pelota siguió de largo. Te hiciste el ex durante un tiempo. No lo podías aguantar. Trotaste otra vez a los 37 años, en 1986. Pero ya estabas para otra cosa, por más que siempre quisiste “disfrazarte y entrar un poco a la cancha, aunque sea diez minutos”. Frenaste el taco justo el año en el que Diego se consagraba en el Mundial 86 ¿a vos te parece? Cosa de locos. Después... Después vino la vida, Trinche. Un amigo gordo de Central Córdoba que rompe en llanto cuando le preguntan quien fuiste. Hasta que el Diego pisó Rosario para jugar en Newell’s. Sí, en el 92. Y alguien dijo: “es un orgullo recibir al mejor jugador”. Y Maradona, inmenso, creador de magia y amante honesto de la habilidad ajena, respondió: “El mejor jugador ya jugó en Rosario. Y es un tal Carlovich”.

Tomás Carlovich.